EL PUENTE DE MI INFANCIA, LA VERNEDA

ESCUELA PARROQUIAL, MAPA

 

EL PUENTE DE MI INFANCIA, LA VERNEDA

Joan Manuel Serrat nos recuerda que la infancia es la etapa de la vida con más posibilidades de ser feliz, en la preciosa canción: “Aquellas pequeñas cosas”. Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia. Pero su tren vendió boletos de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón…

 

BIO-BUENA-ANTONIO-FERMINA

La vivienda estaba orientada hacia N.O. Desde el balcón veía el puente de la calle Santander, la iglesia de Sant Andreu de Palomar, y al fondo, Collserola. Cruzábamos el puente para ir a Buen Pastor; al mercado, al cine Ambos Mundos, al colegio Cristóbal Colon… al campo de fútbol donde jugaba: FC. Trajana, C.D Verneda, F.C. Peñarol… El puente en los años 50, 60,… sólo pasaban carros de caballos…Actualmente es un peligro, por el paso de camiones, autobuses, coches… como explico en el artículo de El Periódico. En el balcón mi padre me construyó de obra una madriguera para los conejos, que me esperaban a la vuelta de la Escuela Parroquial del padre Emilio. Los llamaba a cada uno por su nombre, eran mis amigos. Recuerdo el mal trago que pasaba cada vez que mi madre, que se llamaba María los mataba al lado de la cocina. Cogía el conejo de las patas traseras, y con la cabeza colgando le daba un golpe seco con el canto de la mano. Yo me pasaba un buen rato llorando y por supuesto no comía. La coneja siempre paria nueve, o al menos, es el número que me ha quedado grabado en la memoria.

 

LOCOS BAJITOS-PAQUI

 

FOTO: Paqui, y Emilia, su hermana cruzando el puente de Santander camino al colegio de Buen Pastor

Era habitual salir al balcón y encontrar gorriones, y palomas que hacían un alto en el camino en su viaje. Movían la cabeza a la derecha, a la izquierda, hacia abajo, hacia San Andrés, Buen Pastor…algunos se estaban mucho rato hasta que saltaban al balcón de la vecina o regresaba a una de las ramas del platanero, que estaba tan cerca que cuando el viento soplaba sus ramas picaban en la ventana como queriendo entrar en la habitación. Les tiraba migas de pan para intentar cogerlo, pocas veces lo conseguía, el gorrión no quiere estar enjaulado, y los pocos que lograba pillar, a los pocos días dejaban de existir.

 

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Muchas familias de la Barriada acostumbraban a tener en el balcón conejos, gallinas, palomas… Como las de mi amigo y vecino Pepito Bon Cartagena, algunas veces le acompañaba por el barrio a buscar las palomas, que se le escapaban del palomar. Me cuenta Pilar, la hermana de Pepito, que un día mi madre fue a su casa y se acercó a acariciar a un gato Siamés; elegante de ojos azules, pero con mal carácter que había traído su tía Pili. Mi madre al acariciarlo recibió un arañazo en el brazo, le curó el padre de Pilar y su tía Tere con el botiquín de la Cruz Roja. La señora Antonia, la madre de Pilar, pasó unos días angustiosos con el dichoso gato, otro día, se escapó y se metió en una habitación debajo de la cama de una vecina. Pepito se tuvo que poner los guantes que utilizaba cuando iba en moto para sacarlo.                                                                                                                                         Antonio Herrera

 

PUENTE, SANTANDER, VIA TRAJANA

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