VACACIONES EN JÓDAR (JAÉN), ESTACIÓN DE FRANCIA… (primera parte)

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La Estación de Francia es uno de los lugares de mi infancia. Al finalizar el curso escolar cogíamos el famoso tren “el Sevillano.” Mi madre, que se llamaba María Valiente nos llevaba a mi hermana Fermina y un servidor al pueblo de mi padre, Jódar (Jaén) a visitar a mis tíos, primos, a mi abuela Fermina… Pasaba muchos nervios, cargados con maletas, paquetes… sorteando el gentío que “iba y venía” en busca del andén. Me recuerda la canción, Els qui vénen, (Enric Barbat, y el poeta Joan Margarit), ambos, los conocí, en el estudio del arquitecto Emilio Donato. Últimamente estaba en contacto con Enric Barbat a través de facebook, hasta su fallecimiento. La entrevista para el libro, Vía Trajana, més enllá de la frontera me la hicieron en el Museo de Historia de la Inmigración de Cataluña, (Mhic) junto a uno de los vagones de “el Sevillano.”

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INFANCIA EN EL PUEBLO

En Jódar, pasé muchos veranos de los que guardo un grato recuerdo; en especial de mi abuela Fermina. Mi amigo, El Payo Juan Manuel” cita Jódar en el disco, El Payo canta a Jaén. Pocos días antes de su fallecimiento me dedicó el CD, leo: “Jódar, y Pelagajar donde el flamenco se canta. Para Blas, y María (E.P.D) de éste su amigo, El Payo Juan Manuel: Con cariño, y amistad, Besos, Barcelona, 26, septiembre, 2014. Mi abuela Fermina vivía en la calle Domingo Arroquia número 39. La casa tenía dos plantas, corral, desde las golfas veía las películas que proyectaban en la plaza de toros. La calle que cruzaba el Pueblo era una caravana constante de mulas con las alforjas, que iban y venían de los campos de olivo. Los pocos coches eran de los inmigrantes, que venían de vacaciones.

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Al regresar de unas vacaciones, mi madre descubrió una cajita muy bien envuelta con un lazo como si fuese para regalo. Le llamó tanto la atención, que avisó a mi abuela, al abrir la cajita descubrieron: los bulanos (simiente esférica que queda suspendida en el aire para su traslado por él). La noticia corrió entre las vecinas, que venían a oírme cantar, Pena penita pena, que les causó risas… Siempre que iba al Pueblo me recordaban la anécdota de los bulanos. Las vecinas a la llamada de mi abuela acudían a oírme cantar. No estoy dotado para la música. Pero les hacía gracia escuchar a un niño de dos o tres años cantar, al final de la actuación, me regalaban rosquillas y pestiños que tanto me gustan.

escanear0069 copiaLA SILLA DE ENEA, Y LA BRONCA…

Una de mis aficiones favoritas, que terminaban con una “gran bronca” de mi abuela y de mi madre: Consistían en arrastrar una silla de “madera de enea” por la acera de la casa de mi abuela, hacia pendiente, al final del trayecto, terminaba en la tienda del Señor Hipólito, el escaparate siempre estaba lleno de sombreros de paja. Mi madre cada año me compraba uno para resguardarme del calor tan sofocante, que hacía, al final del trayecto, mi madre me esperaba con la zapatilla en la mano. Con el tiempo aprendí una estrategia para evitar los zapatillazos de mi madre, consistían en arrastrar el trasero por la pared, que con la mediación de mi abuela (algunas veces) me ahorraba algunos alpargatazos. Cada día, mi abuela Fme mandaba a comprar leche a la vaquería de mi amigo, Machimono, el hijo de la dueña, que estaba al otro lado de la calle. Un día, Machimono me llevó en borrico al campo. Cuando regresamos a las cuatro de la tarde. Mi madre, y mi abuela, una vez más, me esperaban con la zapatilla, me dieron un escarmiento, de los que no se olvidan.

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